Una decisión valiente





Habían pasado cuatro días desde que Remi ingresó en el hospital. No estaban siendo los mejores de su vida, pero a sus casi ochenta años se consideraba la mujer más feliz del mundo. En aquel momento disfrutaba de la compañía de su marido Ramón, de los cuatro hijos que habían tenido en común, de los siete nietos que estos les habían dado y a punto de tener el que iba a ser su primer bisnieto en cuanto Laura, la mayor de su hija Lola, acabara de gestar los cuatro meses que le quedaban. La mujer más feliz del mundo, sin duda. Y todo aquello se lo debía a una decisión, la que tomó hacía más de sesenta años y que cambió su vida por completo.

Corría el año mil novecientos cincuenta. Remedios contaba con quince años y era una mujer feliz. ¿Por qué llamarla mujer a tan corta edad? Porque había vivido, trabajado y luchado por su familia como el mejor de sus cuatro hermanos, todos mayores que ella.
La guerra había sido muy dura, y la posguerra todavía coleaba a mediados de siglo. La necesidad que comportó aquel conflicto obligó a Remedios a empezar a trabajar, con tan solo diez años, recogiendo verdura en uno de los campos junto al resto de sus hermanos, y lo hacía tan bien como el que más. Nunca puso como excusa su edad para intentar hacer menos, si había que madrugar, madrugaba, si la recogida obligaba a trasnochar, lo hacía y siempre sin quejas. Durante los siguientes cinco años recorrió varios de los campos de cultivo que circundaban el pueblo de su niñez, consiguiendo una experiencia muy valiosa y el reconocimiento al trabajo que realizaba de los que habían sido sus capataces.
En el campo al que acudía durante el último año encontró a un chico que llamó su atención. Se llamaba Felipe, tenía dieciocho años, pero su cara reflejaba la madurez propia que se obtiene al vivir en una época tan dura. Cuando veía a Remedios en las huertas le decía alguna cosa bonita para que se pusiera colorada y sonriera por lo bajo ante las atenciones que el chico le prestaba. La muchacha era feliz aunque fuera a media mañana bajo el caliente sol de un ardiente mes de junio, trabajando y sudando a mares, mientras pudiera esperar ilusionada a que aquel joven de pelo enmarañado y sonrisa traviesa le dijera alguna cosa.
Durante un mes aquellas lisonjas fueron del agrado de los dos, y ambos las disfrutaron por igual; él por expresarlas y ella por recibirlas. Sin embargo llegó un día que no fueron suficientes para Felipe, quería más y debía hacer algo al respecto. Cuando veía a aquella curtida mujer, aunque adolescente la mirara por donde la mirara, sentía que necesitaba estar con ella, casarse, tener una casa, hijos, lo que cualquier pareja desea, y él no podía ser menos. Lo consiguió.
Un año después, con la bendición de los padres de ambos, se casaron en la pequeña iglesia del pueblo. Ambos necesitaron el consentimiento paterno debido a que eran menores de edad, pero no fue impedimento para que consiguieran aquello que buscaban, unirse en matrimonio.
El primer año de casada estuvo cargado de felicidad e incertidumbre para Remedios. Había conseguido lo que quería, estar junto a Felipe, pero a medida que pasaban los días, aquella unión fue perdiendo poco a poco el color de rosa que había tenido en un principio, para convertirse en una suerte desigual, según el ánimo con el que su marido llegara a casa.
—Creía que después de un año habrías aprendido a cocinar.
Aquella era una de las frases preferidas de Felipe cuando intentaba despreciar de algún modo a Remedios, sabedor de lo mucho que le dolía que menospreciara su manera de cocinar.
—Pero si la he hecho como siempre y nunca te has quejado—se defendía ella.
—Encima vas a querer tener razón, a mí no se te ocurra replicarme, ¿entendido?
Hasta el momento, las cosas nunca habían pasado de advertencias veladas, o algún intento de levantarle la mano en modo amenazante, pero para Remedios eran signos suficientes que demostraban que aquel no era el hombre del que se había enamorado un año antes.
Todo se torció a principios de septiembre, aquel mes le trajo la primera de muchas.
Felipe había adquirido la costumbre de acabar su jornada laboral yendo con sus compañeros de trabajo al bar del pueblo. Entre risas y cánticos intentaban ahogar las penas para convertirlas en alegrías junto a unos cuantos vasos de vino. Aquel fue el primer paso que el muchacho, con alma de hombre, dio hacia el abismo de los malos tratos.
Raro era el día que no tropezaba con la puerta al llegar a casa. Solía acabar con más vino en el cuerpo que sangre, y los efluvios de tan exquisito brebaje nublaban su vista, y su capacidad de raciocinio. Cualquier excusa era buena para sacar a relucir, lo que él creía que era, su valía como hombre y demostrarle a la mujer con la que compartía lecho que nadie mandaba más que él.
—Cada día lo haces peor todo, ¿voy a tener que enseñarte a cocinar, o a limpiar la casa? —se quejaba, aunque el vino impedía que su mujer pudiera entender con claridad lo que intentaba decir.
—Pero Felipe, ¿por qué tienes que beber cada día?
Aquel fue el primer y último error que Remedios se atrevería a cometer con el que era su marido.
El golpe que sintió nada más acabar la pregunta fue el más doloroso por lo inesperado y humillante, los demás cayeron como la lluvia que golpea en el alfeizar de la ventana, sin pausa y con firmeza, perdió la cuenta de cuántos había recibido. La cantidad no era importante, y menos aún porque no duraron demasiado, pero sí lo suficiente como para dejar un rastro de dolor al retirarse.
En cuanto descargó el último golpe repleto de furia sobre su mujer, Felipe se hundió, lloró y se maldijo a sí mismo por lo que acababa de hacer. Hincó las rodillas frente a ella que se encontraba tirada en el suelo, con la cara colorada por los golpes, y uno de los ojos cogiendo un incipiente color morado.
—Lo siento cariño, no sé que me ha pasado. Te juro que no volverá a suceder.
La miraba con infinito amor mientras intentaba convencerla y convencerse de que lo que acababa de decir era cierto. Si hubiera tenido que poner la mano en el fuego para asegurar que aquello no volvería a suceder, la habría puesto. Y Remedios le creyó.
En los días posteriores los golpes sanaron, y el dolor interno por lo que, la persona que amaba, le había hecho, cicatrizó. Lo ocurrido no se repitió, y por la manera en que Felipe trataba a su esposa, no tenía visos de que volviera a suceder. Remedios, con su capacidad de razonamiento nublada por el amor que sentía hacia él, estaba segura que sería así.
No todo iba a ser tan fácil. Durante el tiempo que Felipe se comportó sin golpearla, tampoco fue capaz de ofrecerle el amor eterno que juró el día de su boda. Los días que pasó sin maltratarla fueron una hucha, el lugar donde guardó los golpes no dados, y los insultos no proferidos para recordarlos en cuanto tuviera ocasión, y aquella llegaría dos meses después con fuerza inusitada.
El vino como protagonista principal, el mal genio como secundario y los golpes como invitados de excepción, fueron las partes de una obra de teatro que, aquel que debía ser marido y amante, tenía sin escribir, y después de unos días de tranquilidad, consideró que ya había llegado el momento de interpretar. Hubo un par de diferencias con la anterior; el maltrato duró más, no tan fuerte ni tan acertado como la primera vez, pero la duración del dolor infringido aumentó. Bofetadas, patadas, incluso una silla sirvió como ariete contra su estómago, cualquier manera de provocar dolor fue bienvenida para Felipe.
Al día siguiente, a Remedios, le faltaron fuerzas para acudir al trabajo. Habían sido muchos los golpes, y las marcas eran demasiado visibles para justificarlas de alguna manera. La vergüenza era más dolorosa que el daño sufrido, y no tenía ni cuerpo ni mente preparados para enfrentarse a lo que, sin duda, sería un juicio en el pueblo sobre si se merecía o no el castigo recibido.
Unos días de tregua era lo que Remedios conseguía tras haber soportado una jornada de malos tratos. Sabía que aquello no se iba a solucionar sin ayuda, y tan solo se le ocurrió acudir a su madre.
—No lo hace queriendo, estoy segura, la bebida lo empuja a hacerlo, pero para mí no es fácil soportar los golpes.
—Lo sé hija, pero es tu marido y es algo normal, no tienes otra opción que aguantar. Verás como con el tiempo la situación mejora.
— ¿Tú has pasado lo mismo con padre?
—No hija, ya sabes cómo es. Su carácter es más tranquilo que el de Felipe, y nunca ha ido a los bares, a no ser que tu tío Juan estirara de él alguna vez para pasar un rato de diversión, pero aun así jamás llegó bebido.
—Entonces no me digas que es algo normal si tú no has vivido por lo que estoy pasando yo ahora.
—No eres la única, créeme.
Las palabras de su madre no convencieron a Remedios, pero en algo sí tuvo que darle la razón, no tenía más opción que soportar el mal genio de su marido si quería formar la familia que tanto deseaba. Era joven y fuerte, el campo la había curtido, y podría aguantar lo que le echaran si se lo proponía. Pero las buenas intenciones no siempre tienen la fuerza necesaria como para ser llevadas a cabo, y aquella valiente mujer se convencería en poco tiempo de la realidad.
El matrimonio que se fundó bajo la premisa del amor, la confianza y el “hasta que la muerte os separe” duró otros seis meses. Ella lo había intentado con todas sus fuerzas, pero no fueron suficientes para conseguirlo. La frase que dijo el cura empezaba a ser demasiado premonitoria como para aguantar más tiempo. La última paliza recibida en silencio fue la que terminó por abrirle los ojos.
Aquella mañana de febrero despertó fría, y durante el resto del día fue complicado soportar el ambiente casi helado. Las manos se le congelaban al contacto con las verduras cubiertas de escarcha por pasar toda la noche regadas de rocío y a una temperatura tan baja. El final de la jornada de trabajo no dejó paso al descanso en el hogar al calor de la lumbre, todo iba a ser bastante diferente a la escena tan idílica que Remedios tenía en mente.
Eran bien entradas las once de la noche cuando Felipe llegó. Tenía la nariz roja producto del frío y del alcohol que navegaba por sus venas y la cara desencajada por una discusión que acababa de tener en el bar.
— ¿Quién se habrá creído ese energúmeno que es? —murmuraba en voz baja mientras intentaba no acabar con la lengua hecha un nudo.
—No le des más vueltas y cena, que al final se te enfriará la comida.
Algo le decía que lo mejor que podría haber hecho era estar callada, el ambiente estaba enrarecido y su marido no parecía dispuesto a aceptar consejos en aquel momento, pero aún así habló. No pensó en las consecuencias de sus palabras, y dos minutos después iba a darse cuenta del error que acababa de cometer.
—Solo faltas tú dándome órdenes, ¿quién coño os habéis creído todos que sois? —dijo soltando con fuerza la cuchara sobre el guiso que intentaba cenar.
Ya no podría hacerlo. El plato acabó volcado sobre la mesa, ensuciando todo lo que sobre ella se encontraba, y acabando de enardecer los ánimos de Felipe que empezaba a destilar ira por los ojos.
— ¿Has visto lo que me has obligado a hacer?
Y se levantó.
Debería haberme callado, pensó Remedios mientras se acercaba hacia ella. Ya era tarde para rectificar y demasiado pronto para empezar a afrontar lo que se le venía encima.
—Jamás te atrevas a darme órdenes, ¿no entiendes que soy tu marido y me debes respeto? —y tras la pregunta el primer golpe.
No fue certero, su mujer se encontraba preparada ante lo que estaba segura iba a ocurrir y alzó los brazos intentando protegerse, aquel gesto todavía enfureció más a Felipe.
— ¿Crees que te vas a salvar del castigo que te mereces por protegerte con las manos? —hasta ahora una pregunta, un golpe.
Sin embargo ya no preguntó nada más, tan solo descargó toda su furia sobre la mujer que un día le prometió amor eterno, sobre aquella hembra que estaba dispuesta a llenarlo de niños si así quería, sobre la amante que jamás le negó nada cuando tuvo la necesidad de saciar sus más bajos instintos. Cuando no era un puñetazo, porque el poco equilibrio que el vino le había dejado no se lo permitía, recurría a las patadas. Una en el estómago acabó de doblegar a la pobre Remedios, otra en el muslo, por haberse encogido por la primera, le aseguraba un moratón doloroso en pocos días, y la última le alcanzó la cara, provocándole una brecha en el labio que costaría cicatrizar.
Ebrio de alcohol, y del poder que la demostración de fuerza evidenciada le había aportado, Felipe salió de la casa. Tambaleándose por el cansancio y por el vino ingerido, abrió como pudo la puerta y abandonó tirada a su suerte a la bella joven a la que poco tiempo antes había enamorado con hermosas palabras y medidos piropos.
En el suelo, destrozada por dentro y por fuera, Remedios lloró. Se juró a sí misma que aquello no se repetiría, se prometió, mientras intentaba sentarse en la silla que Felipe había ocupado durante la inacabada cena, que jamás permitiría que nadie volviera a mancillar su salud y la honra de ser mujer por el solo hecho de llamarse marido.
No acudiría al médico, no quería tener que dar aquel tipo de explicaciones a un desconocido, que ni a su madre contaría si pudiera. De todas maneras no iba a permanecer en aquella casa más del tiempo necesario para recoger sus cosas, no sabía bien donde iría, pero cuanto más lejos, mejor. Con una pequeña maleta de cuero llena de remiendos y algún que otro parche, miró desde la puerta el que había sido su hogar durante casi dos años. Maldijo su mala suerte mientras lo hacía. El día que llegó tenía la esperanza de formar una familia en aquella casa. El sueño de poder tener hijos a los que cuidar junto a su marido se desvaneció en el momento que cruzaba el umbral, aquí no podrá ser, pensó, aquí.
Cuatro días después le escribía una carta a su madre. Le explicó todo lo ocurrido, la paliza final, los continuos malos tratos durante aquellos dos años y el final necesario a su matrimonio escapando del que había sido su marido. Sabía, mientras terminaba de redactarla, que no iba a ser bien vista en el pueblo por el paso que había dado, “una mujer nunca abandona a su marido”, escuchó en una ocasión, ¡NUNCA! pues yo lo he hecho y me siento bien. Un “te quiero mamá” fue la despedida, junto a la petición de que su madre prometiera no contarle jamás a Felipe dónde se encontraba.
Le costó mucho llegar a casa de unos hermanos de su padre afincados en un pueblo de Andalucía. Cuando la vieron entrar por la puerta con la cara todavía amoratada, y el ojo derecho empezando a abrirse por fin después de los golpes, no tuvo necesidad de explicar nada. No fue necesario solicitar ayuda, ni pedir alojamiento, aunque fuera temporal “hasta que encuentre donde vivir”, no. Aquella familia a la que casi no conocía, por la distancia que los había separado durante tanto tiempo, le brindó todo el apoyo necesario sin pedir nada a cambio. Tendría casa, comida y trabajo en alguna de las muchas huertas que llenaban la comarca.
Dos años después de la decisión de abandonar a su marido y la vida que deseaba tener con él, las heridas mejoraron. Las externas cicatrizaron con normalidad, el dolor fue mucho, pero la fortaleza de la que siempre había hecho gala ayudó a que fuera soportable. Las heridas del corazón fueron más complicadas. Durante aquellos dos años no le faltaron pretendientes a los que, con educación, rechazó. No era fácil para ella volver a confiar en un hombre, y menos después de la promesa que se hizo a sí misma sentada en la silla de la casa llena de sueños y deseos de felicidad.
Pero como nada en esta vida es eterno, alguien supo ganarse su corazón. Aquel fue el hijo de uno de los capataces de la huerta, Ramón.
La veía llegar cada día, trabajar todo lo que le mandaran, y más si era necesario. Nunca hubo quejas, ni malas caras por su parte. Lucía siempre su sempiterna sonrisa a todo el que se dirigía a ella, pero Ramón se daba cuenta de cómo rehuía el contacto más serio que algún atrevido muchacho intentaba. Aquel hombre de poco más de veinte años sabía que la procesión le iba por dentro, y estaba decidido a buscar una solución para mejorar ese aspecto.
—Hola Remedios—saludó una mañana— ¿tienes algún buen remedio para mi dolencia?
—Vaya Ramón, estás hecho todo un poeta. ¿Y qué mal te ronda el cuerpo?
—Me duele ver a una hermosa muchacha como tú, tan sola, ¿crees que si aceptaras salir a bailar conmigo, mejoraría de mis dolores?
El intento de acercamiento de Ramón fue muy diferente al de los demás que había tenido y, para ella, aquel era un punto a favor que no tenía intención de despreciar.
— ¿Por qué no? Todo es intentarlo.
Pasaron los primeros días bailando, riendo, y disfrutando de la experiencia de haberse conocido. Remedios, o Remi, como a Ramón le gustaba llamarla, empezaba de nuevo a conocer la felicidad. Atrás quedaban los malos tratos recibidos, las palizas y los desprecios del que, en una ocasión, tuvo la oportunidad de ser el padre de sus hijos. Ni recuerdo había para el causante de las heridas de la carne, de los miedos que la acuciaron durante dos años y de la inseguridad para volver a enamorarse.
Durante algo más de veinte años vivieron el amor que los había unido sin posibilidad de casarse, la ley era tajante al respecto. Por fin a finales de los años setenta, y ya con sus cuatro hijos creciendo y llenando de más felicidad si cabe a la pareja, Remi consigue por fin la nulidad de su primer matrimonio, por lo que legalizan a toda la familia, y acaban de sellar el amor que los unirá durante casi cuarenta años más.

En los días que llevaba en el hospital, Remedios pudo recordar lo bueno y lo malo de todos los años que había vivido. Pensó en lo duro de la guerra, en la obligación de ayudar a su familia al tener que empezar a trabajar a una edad tan temprana, en su primer marido del que no quería recordar ni el nombre, y en la suerte que tuvo al encontrarse con Ramón. Aquel hombre le dio lo que deseaba, una familia, la colmó de atenciones y le proporcionó el bienestar por el que tanto había luchado y desde tan joven. Aquel sí era su marido, el padre de sus hijos, y la última persona a la que recordaría en cuanto llegara el momento de dejar de respirar. Lo había amado, lo amaba, y se llevaría su amor para siempre. Y todo gracias a la valiente decisión que tomó en el momento más duro de su vida, dejarlo todo y empezar de nuevo. Sabía que en aquella época hacer lo que hizo estaba muy mal visto, y no siempre se comprendían las causas de haber llegado hasta tal extremo. La ley no amparaba a las mujeres maltratadas, y los hombres que los causaban no solían llegar a pagar por sus actos, quedando impunes para seguir deshonrando a la esposa. Sin embargo, Remedios, nunca se arrepintió de haber tomado una decisión que le salvó la vida, o al menos, se la mejoró sin duda, siempre supo que de no haberlo hecho, casi con total seguridad, no tendría aquella hermosa familia, ni la salud y la buenaventura que la habían acompañado todos los años que había pasado con Ramón. Una familia unida que, gracias al tesón de la valiente mujer que respiraba con dificultad postrada en la cama, la acompañaban en aquella fría habitación de hospital. Agradecían que su esposa, madre y abuela, fuera la mujer tan fuerte y decidida, que los había llevado a vivir una vida plena. Y Remedios, la mujer más feliz del mundo, les correspondía con una sonrisa, las pocas que le quedaban por ofrecer, y que no había nadie más merecedor de ellas que las personas que se encontraban a su lado en aquel momento.
Con un gesto de infinito amor, indicó a su marido que se acercara.
—Gracias cariño, por la vida que me has dado, por el amor que he recibido de ti, por los hermosos hijos que hemos tenido, y por haber estado a mi lado siempre. TE QUIERO.
No hubo posibilidad de respuesta a aquellas palabras. La mujer más feliz del mundo se dejó llevar con una sonrisa en el rostro, y todo gracias a la decisión que tomó cuando más la necesitaba, la decisión más valiente que una mujer atormentada por los malos tratos puede tomar. La decisión de vivir.



FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Son de agradecer los comentarios que aportan. Si tienes en la cabeza uno así no te lo guardes. Comenta, opina y disfruta haciéndolo.

Entre la oscuridad y el miedo - (c) - Carlos Martinez Prieto