lunes, 30 de noviembre de 2015

¡Qué duro es hacerse ver!

Bienvenidos a este lunes soleado, aunque frío.

Permitidme que me introduzca en todo este mundo de los blogs de los que, ahora mismo, me encuentro en pañales.
En cuanto la novela quedó publicada pensé: "Es momento de hacerse un blog, un twitter, un facebook y un bocadillo de atún que tengo hambre". Con el último bocado a tan suculento emparedado, me senté frente al monitor en el que bailaba un cartelito "sin conexión". Mover el ratón y aparecer el escritorio, todo uno.
Toca buscar, ¿el qué? A saber. Como novato y profano en las redes sociales, aunque sabedor de la importancia que actualmente tienen para promocionar cualquier cosa, o para dejar pensamientos, o para reirse de una anciana señora en un triciclo eléctrico que no ve una barrera (parecía la salida de un párking) y se deja el maquillaje pegado a ella; la verdad es que no llegué a reirme, pero tuvo su gracia.
Volviendo al tema. Hoy en día es necesario conocer los entresijos de todo este mundo, cibermundo, o como quiera que se llame, para ser alguien en la vida. Hace unos años atrás, bastantes eso sí, bastaba con estudiar, portarse bien y no decir demasiadas palabrotas para ser alguien en la vida, hoy en día no ¡NO! Tienes que estar metido en todos y cada uno de los espacios gratuitos (buéh), y darte a conocer en profundidad (más de uno pone fotos en pijama, o recién levantado). Ni se me pasa por la cabeza poner una foto mía recién levantado, asusto al miedo creedme.
Creo las cuentas necesarias para estar en, supongo, las principales redes sociales. ¿Qué toca ahora? Buscar cómo conseguir que alguien te vea, te siga, te comente, se ria (o llore) con lo que escribes.
Más búsquedas. Foros, comentarios, ayudas, artículos. En estos pocos días he leído más sobre todo lo que engloba este mundo, que en el resto de años que hace que funciona. Ayuda el hecho de que antes me consideraba un "anarquista" al respecto. - Si todo el mundo lo tiene, yo no - esa era mi frase preferida, hasta que las circunstancias me han hecho quedar como el tonto del pueblo. Si todo el mundo lo tiene, yo también.
Y aquí me hallo, peleándome con todo lo que huela a red social intentando así hacerme un hueco en este vasto mundo.
No obstante, y después de todo este rollo que os acabo de soltar, sigue flotando una pregunta en mi mente (se agradece alguna respuesta constructiva) ¿Servirá de algo todo este despliegue de imaginación y ganas que le estoy poniendo? Es posible que tampoco sea tanto despliegue como yo creo. Sin duda, hoy en día, hay blogs en los que se ofrece de todo, o no, en lo que a literatura se refiere, pero, ¿y los noveles como yo no tenemos derechos?
En fin, seguiré intentando hacerme ese hueco que, estoy seguro, me corresponde :)

Os dejo un link que, al menos a mí, me ha parecido interesante, sobre todo para los que empiezan en todo este mundo de editar un libro y hacerse ver. http://www.autorquia.com

Un saludo

C.M.P.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Unos capítulos para abrir boca

Hola de nuevo

Hoy os dejaré los tres primeros capítulos de la novela en un intento de meteros en la historia, a ver si, con suerte, os engancha lo suficiente como para desear leer el final :)

Espero comentarios y críticas. Las buenas siempre gustan, pero las malas ayudan a mejorar (tampoco es necesario que os cebéis ahora)

Saludos y gracias por leer

C.M.P.


"Entre la oscuridad y el miedo"



Capítulo 1

Ahora todo tiene sentido, lo que he vivido para llegar hasta aquí por fin ha tomado forma. Siempre había pensado que nunca llegaría a comprender qué era lo que estaba ocurriendo, hasta ahora.
Durante estos días de deambular entre las sombras he aprendido a sobrevivir, a amar, e incluso a morir, o al menos a querer hacerlo. Me quedo con una parte importante de toda la experiencia vivida, la capacidad de sufrimiento que mi cuerpo ha soportado y la entereza con la que lo he afrontado. De todas maneras todo eso ya no tiene importancia, ha llegado el momento de aceptar lo que el futuro me depara. Lejos queda el día en el que llegué aquí, al lugar desde el que afronto mi destino, el día en el que desperté…


Oscuridad fue lo único que vi al abrir los ojos. Me encontraba adormilado y aturdido. ¿Dónde estoy? ¿Por qué me duele el brazo? Intenté, con las pocas fuerzas de las que podía hacer gala, adaptarme a la negrura, dueña y señora del lugar. El cuerpo no respondía a mis deseos, parecía adormecido o sin ganas de hacer nada más que no fuera estar allí tirado. Me pasó por la mente la posibilidad que me hubieran drogado, y aquel dolor incesante en el brazo que seguía martilleándome con la misma cadencia que los latidos del corazón. No sin dificultad empecé a vislumbrar sombras. Parecían fantasmas acechándome, esperando a que diera un paso para abalanzarse sobre mí. Solo eran lo que parecían sillas y mesas tapadas por algún tipo de sábana, sin duda las habían puesto así para evitar que se llenaran del mismo polvo que me tapaba la nariz y me dificultaba la respiración.
El cuerpo empezaba a responderme. Con esfuerzo conseguí mover las piernas y ante el primer intento de incorporarme, el brazo me recordó que seguía allí, doloroso y palpitante. Pasé la otra mano por encima a modo de caricia y descubrí horrorizado que me habían atado el antebrazo a lo que parecía un poste, con la inmensa crueldad de haberlo hecho utilizando un alambre de espinos. Aquel descubrimiento pareció despertar todos mis sentidos de repente y lo que antes era un dolor más o menos soportable, se tornó en desmesurado e imposible de contener.
Debía mantener la calma, aunque no iba a ser fácil, y sopesar la situación. ¿Quién me ha dejado aquí? Y lo que es más importante ¿por qué? Estaba claro que eran preguntas sin respuesta. Tampoco era el momento de buscarlas y aunque lejos de tranquilizarme, conseguí mantener la calma y un punto de cordura que, en aquella situación, me iban a venir muy bien.


Con la vista más habituada a la oscuridad, acerté a comprobar dónde me encontraba. Aquel lugar debía haber albergado algún tipo de local de copas o quizás un restaurante. Si bien no era muy grande, sí se veían varias mesas apiladas medio tapadas por sábanas y otra serie de pilas con las sillas. Al fondo había una especie de barra, aunque no llegaba a verla bien y a su derecha lo que parecía una puerta, mi vía de escape.
Después de un rato de luchar con el alambre de espinos, de notar cómo los pinchos se me clavaban en la piel y de saborear mi propia sangre al haber usado los dientes para desenrollármelo del brazo, pude darme cuenta de que quien me había dejado allí atado o era muy torpe o no quería que me quedara encerrado durante mucho tiempo. Fue una tarea dolorosa, pero no me resultó demasiado complicado quitarme el alambre, no era un tramo muy largo y con tres vueltas me deshice de él. Una de lo que para mí eran sábanas, (más tarde comprobaría que era un mantel de restaurante), hizo las veces de venda. Los arañazos provocados por el alambre no eran muchos ni demasiado profundos, pero aun sin verla, podía notar la sangre impregnándome la camisa y aquella era prueba suficiente para considerar la necesidad de taponar la herida cuanto antes.


Con paso tembloroso avancé hacia la puerta. El miedo me atenazaba los músculos ante la idea de que pudiera haber alguien esperándome tras ella para rematar la faena y, con la cautela como escudo, tiré de la maneta con forma de ala. Para mi sorpresa se abrió sin esfuerzo y sin hacer ningún tipo de ruido. Esperaba el chirrido molesto de las puertas que no se usan con frecuencia y que por tanto, el lubricante hace tiempo que no acaricia sus bisagras, pero no, la apertura fue suave y silenciosa. Aquello me animó a mirar afuera y darme cuenta de que era noche cerrada, la calle parecía más oscura aún que el propio local de mi encierro.
Salí despacio, más de lo que hubiera deseado. Nada deseaba con más fuerza que asomarme a la calle y gritarle al primero que viera paseando que necesitaba ayuda. Quería correr y respirar aire limpio por fin, pero la precaución me llevó a salir con todos los sentidos alerta, y paso lento, casi ceremonioso. No hubo posibilidad de pedir auxilio. La calle estaba oscura, sin una luz aunque fuera lejana, ni tan solo la luna que me acompañara en mi salida, era imposible saber si había alguien.
Como pude, un poco a tientas y otro poco a base de tropezar, fui avanzando hasta chocar con la rodilla en algo metálico, era un coche. Mi raciocinio me dijo que si había un vehículo era posible que también hubiera alguien cerca. Sin pensar muy bien si el dueño podría ser amigo o el responsable de mi situación, grité:
—Necesito ayuda, ¿hay alguien?
El silencio por respuesta.
Mientras intentaba hacerme notar, aprecié que aquel grito no sonó como debía. Me encontraba en una calle desierta y con un silencio sepulcral, pero aun así no hubo eco, la voz no fluyó, joder, cualquiera diría que acabo de gritar dentro de una caja. No sabía si era el miedo, la sangre que había perdido o el hecho de darme cuenta que todo aquello estaba consiguiendo ponerme nervioso, que aun sin hacer calor, ni frío, gotas de sudor asomaron con rapidez en mi frente.


Cuando los ojos decidieron colaborar conmigo para poder huir de aquel lugar, me di cuenta de que la cosa no pintaba bien. Era cierto que había dado con la rodilla contra un coche, pero no era un simple vehículo aparcado. Por lo poco que podía ver estaba destrozado. Abriendo los brazos para abarcar todo lo posible, me di cuenta que ni el frontal ni la puerta tenían cristal. Estaba claro que era un coche accidentado, pero tras pasar las manos por la carrocería, pude notar el tacto áspero del óxido cubriéndola casi en su totalidad, así como partes retorcidas por el golpe que tuvo que llevarlo allí, y dejarlo parado e inútil para siempre. Me pareció un Volkswagen escarabajo, lo que dentro de la negrura de la noche podía alcanzar a ver.

De pronto me di cuenta de lo estúpido que era. Llevé la mano al bolsillo y allí estaba, mi teléfono móvil. Le puse el código pin y la pantalla se encendió. Aquella luz, aunque no demasiado brillante, pareció inundarlo todo, hasta mi corazón de la alegría que me había llevado al poder ver de nuevo. Me di a mí mismo la razón cuando, en ocasiones, me tiraba un rato buscando un enchufe allá donde fuera, para acto seguido conectar el cargador y este al móvil. No había día en el que mis amigos no se rieran de mí.
—Joder Sam, el día que se te rompa el teléfono, te dará un infarto—decían entre carcajadas. Mi respuesta nunca varió.
—Es posible que algún día tenga una emergencia y sea el teléfono el que me salve la vida.
Jamás me había alegrado tanto tener razón y que mi dependencia y cuidado hacia el teléfono me llevara a tenerlo allí, con la batería cargada del todo.
Hice el intento de llamar a emergencias para explicarles mi situación, aunque tampoco habría sabido decirles dónde me encontraba, ni cómo había llegado hasta allí, ni quien era el responsable. De todas maneras no era necesario pensar tanto, el teléfono no daba señal, ni el más mínimo atisbo de cobertura. Daba igual, la pantalla iba a ser perfecta como linterna. Aquella luz iluminó la noche y el coche pareció tomar vida. Al moverla entre los hierros retorcidos del vehículo, las sombras que se formaron parecían brazos deseosos de volverme a atar a aquel poste. No pude evitar estremecerme. Sin duda aquel coche era muy antiguo y por el óxido que poblaba su carrocería, estaba claro que hacía mucho tiempo de su último viaje. La tapicería, el volante, incluso la radio sin la ranura para meter un CD de música, ni tan solo una cinta de casete, me acabaron de confirmar lo que ya sabía, aquel amasijo de hierros debía llevar mucho allí parado.



Dejé de lado el coche y utilizando la luz del teléfono empecé a caminar. Intentaba por todos los medios no tropezar por aquella calle sin asfaltar y sin una acera por donde poder hacerlo. Me sorprendía el detalle de lo silencioso de la noche. No se escuchaba ni el ladrido de algún perro lejano marcando su territorio ante la visita de algún otro can oportunista. Ni rastro de alguna de aquellas sirenas que tienen a bien recordarnos a medianoche que vivimos en una ciudad industrializada y que, aunque nos haya robado unos valiosos instantes de sueño, tenemos que aguantarnos e intentar seguir durmiendo. Nada, el silencio era total.
Miré la hora en el teléfono seguro de comprobar que no serían más de las dos de la mañana de una noche sin luna, pero no, el reloj marcaba la una y veintiún minutos del mediodía. Seguía mirando absorto la hora cuando saltó al siguiente minuto. Aquel detalle, que pareció la señal para despertar del trance, me hizo dar un respingo y alzar la vista en dirección a la sombra en la que se había convertido el firmamento. La oscuridad era total. Imposible, no existe ninguna posibilidad de que sea la una y media del mediodía.
Ya no podía ocultar mi nerviosismo. No sabía la razón, pero aunque no había ni frío ni calor en el ambiente de la noche, al sudor que hacía unos minutos ocupaba la totalidad de mi frente, se le había unido el repiqueteo, rayando lo melódico, de los dientes. Maldito teléfono, tanto cuidarlo para que ahora falle hasta el reloj. Lo pensé asumiendo que tan solo era un error del móvil, y con la esperanza de que aquella certeza pudiera tranquilizar mis maltrechos nervios. El delicado temblor que me zarandeaba el cuerpo desde que toda aquella pesadilla había comenzado, dejó claro que no lo había conseguido.
Entre temblores, sudor y miedo encaminé los pasos calle abajo, si es que podía llamar calle al montón de tierra que estaba pisando. Buscaba una casa con luz donde pedir ayuda, donde poder cerciorarme de que aquello no era mas que una mala resaca; aunque no recordaba que hubiera bebido nada la noche anterior. Y aquel pensamiento encendió una luz en mi cabeza ¿Qué ocurrió ayer? No recordaba nada en absoluto de lo acontecido después de dejarme caer en el sofá, y poner la televisión.


Trabajaba de dependiente en una aburrida tienda de muebles, donde jamás pasaba nada digno de mención. Aquel día había intentado venderle a una clienta una cama de matrimonio, grande, cómoda y silenciosa, donde podría hacer de todo sin que los vecinos llegaran a quejarse por el ruido de los muelles. Me miró mal cuando le hice aquel comentario. Un punto en contra del argumento que le di fue el hecho que la señora aparentaba tener sesenta años. Huelga decir que no la compró.
Salí del trabajo y conduje por Harper Street, calle a la que le dio nombre uno de los hijos predilectos de la ciudad; aunque no tenía muy claro qué había hecho aquel señor para ganarse tal honor, debió ser algo importante sin duda. Conducía un viejo Ford, con más años que yo, heredado de un familiar lejano que tuvo que dejar de conducirlo por un problema en la vista. Cada mañana les rezaba a los santos encargados de velar porque las baterías de los coches antiguos funcionaran y que sus dueños pudieran acudir al trabajo con puntualidad. Por lo visto aquellos benevolentes santos escuchaban mis plegarias, porque siempre arrancó, no sin dificultad, pero sí con acierto. Una vez en casa inicié mi rutina diaria, ducha, cena y televisión. Dios mío, no recuerdo nada más.
Aquella convicción hizo que me volviera a caer una gota de sudor.
Era momento de obviar todo lo que no ayudara y esforzarme en seguir caminando. Necesitaba darle luz a aquella situación de una vez por todas y cuanto antes. Una luz que de momento mirara donde mirara, brillaba por su ausencia.


De repente aquel sonido desgarrador. Si pudiera describirlo estaría entre un aullido de dolor y desesperación. Por mucho que buscara las palabras más dolorosas en mi, no demasiado extenso vocabulario, jamás podría definir cómo me hizo sentir escucharlo. No sabía qué podía ser, pero de algo sí estaba seguro, no era humano.
Mis pies volaban, no tenía ni idea de cómo ni cuándo decidí echar a correr, pero estaba claro que ellos lo habían hecho por mí. La luz que me proporcionaba la pantalla del móvil no era suficiente como para ir a tal velocidad sin asumir el riesgo de una caída. El miedo que sentía en ese momento hizo que no me preocupara por aquel detalle; si tropezaba ya me levantaría. Tan solo necesitaba huir de aquel aullido estremecedor que, por más que corría, más se clavaba en mis entrañas lo doloroso de aquel gemido.
Tras tropezar varias veces y trastabillarme a punto de caer al suelo, el sentido común me dictó que debía dejar de correr. Estaba exhausto, sediento y sudoroso. En el momento que conseguí parar, pude respirar por fin, y recuperar el aliento perdido por aquel furioso sprint. De todas maneras ni así quedaron tranquilos cuerpo y mente, el miedo seguía apoderándose de mí, y no iba a abandonarme sin más.


Aquella alocada carrera me llevó sin darme cuenta a la primera casa que veía por fin en una calle, tan necesitada de asfalto, como de farolas encendidas. La oscuridad se había adueñado de ella, por supuesto, ni un ápice de luz dibujaba las líneas de la fachada ni las del interior. Gracias a la pantalla encendida que portaba en la mano se podía apreciar que una puerta grande, y a todas luces pesada, guardaba la entrada.
El intento de pulsar el timbre fue en vano, en cuanto puse el dedo sobre aquel botón, tenía claro que no iba a salir ni un solo sonido de él. No sin esfuerzo reuní las pocas energías que me quedaban después de la media maratón que acababa de correr, un fuerte aplauso para Samuel Norton por haber conseguido cruzar la meta en la posición número quinientos cincuenta y dos, imaginé cómo se burlaba de mi actuación el comentarista de algún maratón popular de Florida, o Alabama, o porqué no de Nueva York, puestos a imaginar a lo grande, y con las fuerzas renovadas aporreé la puerta con la esperanza de ver cómo se encendía una luz y aparecía el dueño, somnoliento y enfurecido, por despertarlo a aquellas horas de la noche.
No hubo respuesta.
Cansado de intentarlo, no me quedó otra que romper un cristal y, con precaución extrema para no cortarme con los puntiagudos cristales que habían quedado sujetos al marco de la ventana, sobre todo con los que en la parte de arriba asemejaban a una guillotina a punto de cortarle la cabeza a algún rey francés tras la toma de la famosa bastilla, me colé en aquella oscura morada. Medité que lo mejor sería esperar bajo techo a que amaneciera, escondido en algún rincón, sin que el responsable del aullido que había escuchado pudiera venir a por mí.


La casa estaba llena de polvo, ni una telaraña, pero sí muy sucia, la señora de la limpieza llevaba tiempo sin acudir al trabajo. De todas maneras al empezar a caminar sobre el polvoriento suelo de, lo que mis ojos alcanzaban a ver, piedra natural, pude darme cuenta que las huellas que iban quedando marcadas a cada paso que daba eran las únicas, hacía mucho que nadie pisaba aquel suelo. Sin embargo no tenía sentido aquella apreciación. Mi cabeza la había desarrollado, pero el sentido común me obligaba a desecharla. Se encontraba amueblada, y por lo poco que había visto hasta el momento, con gusto. En el salón una mesa con sus correspondientes sillas esperaba a unos comensales que, si tuviera que aventurar un futuro próximo, no iban a volver a sentarse en ellas. ¿Quién deja una casa tan bien dispuesta sin más? me pregunté.
A la izquierda el salón y a la derecha una cocina. No tenía tiempo de juzgar el gusto como decorador del dueño de la casa, era el momento de saciar la sed que provocaba que la lengua se me pegara al paladar, estoy ahora como para comerme un polvorón. Sonriendo tras la última ocurrencia que me llevaría, sin duda ninguna, al programa de variedades de moda en el prime time de alguna cadena de televisión, entré en ella esperando encontrar un grifo. Como era de esperar, lo había, pero al abrir la llave no salió agua, ni ruido de cañerías, nada que me indicara que iba a solucionar el primero de mis muchos problemas.
Pero no todos los hados iban a estar en mi contra. En la nevera, que por supuesto tampoco funcionaba, varias botellas de agua mineral cerradas, así como unas latas de cerveza y algo de comida, me devolvieron la fe en la suerte, y la esperanza que la fortuna no me fuera del todo esquiva.
Era raro, por supuesto, que todo lo que acababa de coger, y de lo que iba a dar buena cuenta en breve, se encontrara en perfecto estado, pero como bien decía Joe cuando salíamos de fiesta “Bibere humanum est, ergo bibamus, beber es humano, por tanto bebamos”, así que vacié por completo la botella que ya había abierto. Con una manzana en la mano a la que le acababa de dar un profundo mordisco, empecé el tour por la casa.


Una escalera con el suelo de madera me llevó al piso superior y, como era de esperar, el polvo era dueño y señor de cada uno de los escalones así como del espacio en el que se encontraban las puertas que, supuse, daban acceso a las habitaciones. Frente a mí, tres puertas llevaban a estancias en las que en su momento debía dormir, estudiar o jugar, alguno de los niños que allí vivían. Los objetos que las conformaban daban idea de la edad que tenía el que ocupaba cada una de ellas. Libros en la estantería, una mesa que sin duda era de estudio, y varias imágenes de cantantes de moda en la época a modo de póster, me dejaron claro que la primera habitación en la que entré era de un adolescente. En uno de ellos, una hermosa rubia con la sonrisa como bandera, daba la bienvenida a su próximo concierto, el definitivo, no te lo puedes perder rezaba el enunciado. Te comprendo chaval, yo tengo en casa uno de Lady Gaga. La segunda puerta no tuve necesidad de abrirla ni de entrar. Era un lavabo que, si no fuera por la fina capa de polvo que cubría cada uno de los accesorios que allí se encontraban, estaría listo para revista.
Al abrir la última me adentré en la habitación de matrimonio. Varios cojines adornaban una cama enorme sobre un edredón de plumas, que al menos a primera vista y por mi experiencia como vendedor, parecía lo bastante caro como para no dejarlo allí sin más. Aquel fantástico lecho me llamó sin necesidad de articular palabra, y decidí que lo mejor era descansar. El dolor en el brazo, la carrera y el maldito aullido, grito, o lo que demonios fuera lo que escuché, me tenían exhausto. Sacudí el polvo que lo cubría todo, ¿me da miedo ensuciarme?, y disfrutando del tacto que aquel magnifico edredón me empezaba a proporcionar, dejé caer mi cuerpo encima. Creo que dos segundos después roncaba de forma escandalosa.


Capítulo 2


Un ruido me despertó sobresaltado. Apareció en mi mente, de manera automática, el recuerdo del aullido. Pensar en que el ser capaz de generar tremendo grito, y que debía ser tan aterrador como el sonido que había conseguido proferir, pudiera haber entrado en la casa, hizo que un escalofrío me recorriera todo el cuerpo.
No sé cómo, pero dos segundos después de escucharlo, ya estaba tapado hasta la nariz con el edredón. Cuando por fin la calma se adueñó de la situación, pude constatar que el ruido lo había hecho yo al moverme mientras dormía. En el suelo yacía la bolsa con las latas de cerveza. Aquello me tranquilizó, pero no el hecho que siguiera sin entrar nada de luz por las ventanas. ¿Qué hora será?, el teléfono me dio la respuesta, las cinco menos cuarto de la tarde. Había dormido un par de horas, y como el dolor del brazo no era más que un tenue hormigueo, ayudó a que consiguiera descansar.
¿Cómo puede ser que siendo aquella hora, siga sin haber el más mínimo atisbo de un amanecer? Aunque el reloj del teléfono estuviera estropeado, ya debería haber alguna señal de que empezaba a despuntar el día. Un primer rayo de luz, el trino de algún pájaro típico del lugar. Nada. La oscuridad seguía siendo mi compañera de viaje.
La falta de electricidad me dejaría en una mala situación en el momento en que la batería del teléfono empezara a desfallecer. Después de haber saciado la sed y el hambre, y con las energías en pleno estado de revista tras el fructífero descanso, lo mejor era buscar alguna fuente de luz alternativa. Caí en la cuenta de un detalle, las manzanas estaban perfectas, ¿lo estarán también las pilas en caso de encontrar una linterna? No tenía sentido pensar en aquello, necesitaba un sustituto para el móvil, y era momento de buscarlo.
Con la luz de la pantalla flanqueando mis pasos, empecé a rebuscar por los cajones. Ropa interior doblada y colocada con pulcritud, camisas, jerséis y varias prendas, que me llevaron a pensar que la mujer de la casa era un tanto coqueta. Me hice con una camisa y un suéter, que me iban a ir muy bien en aquella penumbra fresca y perpetua. Si llego a saber esto, engordo un poco más, pensé al ver lo grandes que me iban aquellas prendas. Como no iba a ir a un desfile de modas daba igual si se me ajustaban al talle o no. Si llegaba el momento en el que necesitara calor, me serían útiles, al fin y al cabo se trataba de eso.
Ni rastro de una linterna, ni nada parecido, debía seguir buscando.
El resto de habitaciones no me aportó mucho que fuera de interés. Tan solo me apropié de una bolsa que, colgada en bandolera, me ayudaría a llevar la comida, la ropa, y la linterna, si conseguía localizarla.
De nuevo en el piso de abajo, después de haber mirado en la alacena, en un armarito pequeño de la cocina y en el mueble grande del salón, conseguí una potente linterna que funcionaba a las mil maravillas, “Lumilight” rezaba en una etiqueta pegada al mango, así como un paquete con pilas de recambio. ¿Cómo puede ser, que con la pinta de abandonada que tiene esta casa, haya comida sin estropearse en la nevera y la linterna siga con las pilas cargadas? Aunque aquella pregunta no era ninguna tontería, no tuve más remedio que meterla en el saco de las muchas que ya tenía sin respuesta.


La visita a la casa con el magnifico edredón, y el poster de la muchacha sonriente, había transformado mi situación de desesperada a esperanzadora, y me daba las fuerzas necesarias para afrontar el siguiente paso con determinación. Con la tranquilidad de poder darle un respiro a la batería del móvil, gracias a mi último hallazgo, era el momento de volver a poner los pies en aquella calle sin asfalto ni farolas. Agudizando más el oído que la vista, saqué la cabeza por la ventana rota y ni rastro de luz, ni del aullido aterrador, ni tan solo de algún sonido audible. De nuevo con cuidado de no apretar el botón que hacía bajar aquella guillotina de cristal, pasé primero la cabeza, y después el resto del cuerpo para dar un sonoro brinco, o al menos lo normal era que así fuera. El suelo del porche exterior era de madera, y aunque las fantásticas deportivas que llevaba en los pies estaban diseñadas para ser ligeras y silenciosas, como indicaba el anuncio donde las compré, esperaba algo más de ruido del que al final se pudo escuchar.
Una vez en la calle pude apreciar otro dato significativo, que de no ser por los cien metros lisos que me llevaron hasta allí, debería haber notado. No había viento, nada mecía las ramas de los árboles repletas de hojas verdes, ni una mísera brisa quería acariciar los troncos de aquellos que en cualquier bosque serían los reyes; pero no allí. El ambiente que debía estar encerrado en aquel lugar en contra de su voluntad, como yo, tenía un olor peculiar, estaba entre un dulzor almizclero y un poco ocre, como el sabor que te impregna la lengua cuando te lames un corte. El ambiente sabía a sangre, ¿sangre? Por el amor de Dios Sam, deberías dejar de ver películas de suspense.
Lo cierto era que había perdido la calma conseguida después de aquella cabezada. Los nervios volvían a jugar a la comba con mis intestinos, a juzgar por las cosquillas que sentía en el estómago, o eso o las manzanas no te han sentado bien, aunque también es posible que sean las cosquillas que se sienten al estar enamorado pensé. Enamorado, sí de la chica sonriente, o tal vez del cantante de rock con la melena al viento que había en el póster de al lado. No había ninguna duda de la razón de aquel cosquilleo, y debido a eso mi caminar se volvió de nuevo rápido y poco dado al paseo. Parecía como si intentara escapar, ¿pero de qué? No tenía ni idea de qué escapaba, ni tan solo qué intentaba encontrar.
Los pasos me llevaron a una zona donde, a medida que caminaba, parecía como si me envolviera de nuevo la civilización. La potente luz que portaba en la mano, bendita linterna, me devolvía imágenes de algún que otro coche aparcado e igual de antiguo como el Volkswagen con el que me topé justo delante de la puerta de mi cautiverio. Pude distinguir un buzón de correos de los que, habría jurado, debía hacer muchos años que no se fabricaban, pero que allí estaba en pleno estado de revista, y justo enfrente una cafetería que tenía más polvo que clientes. Al pasar al lado del gran ventanal de aquel local me pareció ver algo luminoso, como si la hoy inexistente luna se reflejara en el oscilante péndulo de algún fabuloso reloj de carrillón Westminster, igual que el de mi abuelo, Sam, como toques el péndulo y pares el reloj te cortaré las uñas de los dedos a nivel de los nudillos, necesité unos años para darme cuenta de lo profundo de aquella amenaza. El vello de los brazos se me erizó producto de la emoción por haber encontrado, lo que podía ser, el primer rayo de luz que pudiera aclarar un poco la situación en la que estaba inmerso. La puerta que bloqueaba la entrada se abrió sin un solo quejido de las bisagras por soportar tamaño peso.


El local era grande, con muchas mesas bien colocadas en las cuales, en casi todas, había vasos con algún tipo de bebida dentro; como si los clientes hubieran decidido irse sin abonar la cuenta, todos a la vez y sin haberse acabado la copa por la que intentaban no pagar. Había una rockola al fondo de la época en la que mi padre empezaba a salir con mi madre, si pudiera venderla en la tienda del señor Feldman me sacaría un buen dinero pensé con nostalgia. Conocía bien al señor Feldman, un hombre huraño y desconfiado, en el que su rasgo más significativo eran las gafas que llevaba siempre apoyadas en la punta de la nariz. En aquellos momentos yo pasaba por momentos difíciles, y como no siempre llegaba a fin de mes, en alguna que otra ocasión tuve que dejarle alguno de mis bienes más preciados para poder salir adelante.
El aparato que acababa de encontrar era todo un objeto de coleccionista, sin duda. Un disco descansaba aún bajo la aguja y, de no ser porque no había electricidad, seguiría sonando. No había llegado al final de la canción cuando dejó de funcionar.
Por fin encontré la razón de los destellos que había visto desde fuera. No eran más que una serie de velas puestas en fila en el mostrador de la cafetería. ¿Velas encendidas? ¿En un local lleno de polvo que tiene pinta de llevar abandonado años? seguía sin saber porqué me hacía aquellas preguntas si nadie había para responderlas, ni tan solo yo mismo.
De todas maneras, y aprovechando la visita, no me pareció mal rebuscar por los cajones en busca de más velas como aquellas, las pilas de la linterna no durarían siempre. A cada paso que daba por el local, más me sorprendía lo que encontraba. Los vasos con bebida no era lo único que habían dejado los supuestos clientes al salir de allí de forma precipitada. Un perchero al fondo del local lucía cargado de chaquetas, dos llevaban el logotipo, de lo que parecía una universidad, bordado tanto en el pecho como en la espalda, sin duda sus portadores pertenecían a algún colegio mayor desconocido para mí.
No tenía sentido continuar deambulando por aquel lugar, era momento de salir de nuevo a la calle. Llevaba la bolsa que había cogido en la casa, la de la sonrisa perfecta y el rockero melenudo, llena de comida enlatada, refrescos, velas, varias cajas de cerillas con la publicidad del local, “Willy’s, tu local de encuentro” y un enorme cuchillo de cocina. A todo aquel material tenía que añadir todas las dudas que también me llevaba de la cafetería. Lo primero debería ayudarme, lo segundo tan solo complicaba más las cosas. Debería seguir buscando mi particular sentido de la vida.


Aquella sí era una calle que en algún momento estuvo transitada. Farolas bajas de pantalla redonda y una papelera forjada me dieron la bienvenida al salir de la cafetería. Dos pasos más abajo un letrero a modo de cilindro pintado con rayas rojas y blancas, que en los buenos tiempos en los que había electricidad debía girar, anunciaba una barbería donde algún artista de la cuchilla octogenario cortaba el pelo y afeitaba a navaja. Justo enfrente un quiosco donde todavía se podían ver varios periódicos enganchados a una puerta con chinchetas. Con ayuda de la linterna pude ver la fecha en uno de ellos bien resaltada, “17 de marzo de 1962”. Ahora sí que había conseguido volverme loco en aquella oscuridad que no tenía fin y en un año en el que aún me faltaban veinte para nacer. Esto no puede estar pasando. Estoy en una época en la que, el día anterior, estaba cincuenta años después, pensé aterrorizado. Ahora comprendía lo del coche con el que topé al salir de aquel local, el viejo Volkswagen o lo de la cafetería con la antigua rockola. Nada tenía sentido y sin embargo, todo empezaba a encajar.
Supuse que pellizcarme para saber si estaba teniendo una pesadilla no tenía mucho sentido. El dolor del brazo, aunque tenue, me certificaba que no dormía y que aquello estaba sucediendo de verdad.
De pronto todo se paró, dejé de pensar en las razones que me habían llevado allí sin ningún esfuerzo, incluso me pareció ver cómo las pequeñas llamas de las velas encendidas en la cafetería que acababa de dejar atrás parpadearon tímidas. De nuevo aquel aullido, aquel alarido que desgarraba de igual manera la negrura de la noche como mis entrañas. De nuevo el sudor frío en la frente. Sonaba lejano, sí, pero no lo suficiente como para evitar que se me helara la sangre en las venas al escucharlo.
En cierto modo mantuve la entereza y esperé agachado algún tipo de movimiento mientras la linterna alumbraba sin rumbo fijo, ven si te atreves pensé. La reciente adquisición del cuchillo que en aquel momento aferraba con firmeza, me había provisto de un valor que yo mismo desconocía.
Segundos después me convencí de que nada ni nadie iba a venir a devorarme. Lo mejor que podía hacer era seguir explorando aquel maldito pueblo; un lugar que, si llegaba a oídos de Wes Craven, lo escogería como localización para su próxima película sin ningún género de dudas.


Capítulo 3


Las siete de la tarde según el teléfono, empezaba a ser hora de cenar algo. El estómago me lo reclamaba hacía rato; aunque no habría sabido asegurar con certeza si aquel quejido lastimero era por hambre o por miedo. Uno de los bancos de la calle iba a ser el restaurante escogido para tan magno evento. La bolsa de deporte me proporcionó una cerveza y una de las latas de comida en la que, en letras llamativas y con una apetitosa foto, se anunciaba un suculento estofado de carne con guisantes. “Digno de un gran chef” se podía leer. Armado con el cuchillo, como si tuviera la intención de acabar por fin con el causante de todos mis males, lo clavé en la lata y con dos movimientos rápidos quedó abierta. El olor a comida acrecentó todavía más los quejidos de mi maltrecho estómago. Aquel fue el punto decisivo para aceptar que los ruidos que provenían de él eran de hambre y no de miedo. Un eructo dio por finalizada la lata de cerveza, justo después de acabar con el estofado que, en honor a la verdad, estaba delicioso. El intento sonoro de dar por terminada aquella comida no fue nada escandaloso, el ambiente seguía envolviendo los sonidos de tal manera que no conseguían propagarse. Parecía que la única manera de mantener aquella paz silenciosa, oscura y por momentos aterradora, fuera evitar que nada pudiera salir de allí, ni el ruido, ni yo mismo.
De manera pesada, debido a la comilona que acababa de disfrutar, me levanté, y con la bolsa al hombro, una vez hube guardado el cuchillo en ella, retomé el paso calle abajo. No sabía qué debía buscar, ni qué me iba a encontrar, pero las dudas que había recogido en la cafetería, y que descansaban ociosas colgadas a mi espalda, reclamaban algún tipo de explicación a todo aquello. Y si mientras buscaba la razón de mis actuales desdichas conseguía volver a escuchar una voz humana, mucho mejor.
Cómo echaba de menos a mi vecina, la señora Harrys, aquella mujer menuda de pelo blanco y con tantas arrugas en la cara como ganas de hablar cuando me la encontraba.
«—Buenos días señor Norton, ¿ha descansado usted bien? — preguntaba con voz dulce.
—Muy bien señora Harrys, y usted, ¿qué tal se encuentra hoy?».
A aquel pan bendito de pelo color plata y sonrisa casi perfecta donde brillaba un diente de color dorado, “no es dentadura postiza, ¿eh?” llegó a decirme una vez, le encantaba hablar. Nunca quise ser descortés con ella, pero intentaba hacer aquel tipo de preguntas con un hilo de voz, deseando que no llegara a escucharme. Existía la posibilidad, si lo hacía, de que le apeteciera contarme la última operación de su hermana Gladys, con pelos, señales y marca del bisturí incluida.
«—Pues me encuentro bien, gracias. Ahora espero a mi sobrino Harold. Necesito que me acompañe con su coche al centro comercial, me estoy quedando sin provisiones, y ayer me di cuenta de que no tenía velas. ¿Qué ocurrirá si se va la luz? Necesito ir a comprar unas hoy mismo.»
Aquella mujer conseguía llevarme a un estado de sopor tal, que algún día caería redondo al suelo, dormido o muerto de aburrimiento. ¿Quién me mandaba a mí preguntarle nada a esta buena señora?
No tenía duda, necesitaba escuchar una voz diferente a la mía, aunque fuera la de la señora Harrys. Ahora mismo le permitiría que me hablara de lo que quisiera, operación de su hermana incluida.


Una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo para ayudarme a salir del sopor en el que me encontraba. La luz de la linterna me devolvió lo que, casi con seguridad, era una sombra al final de la calle del barbero octogenario. Fue algo fugaz, pero suficiente para tener la certeza de que algo se había movido a lo lejos. No sabía si correr hacia ella o hacia el lado contrario. Los pies me decían que debía alejarme, que no necesitaba saber qué era lo que se había movido, que corriera cuanto más mejor en dirección contraria. Me gritaban que en la cafetería encontraría más comida y cervezas, que no necesitaba para nada dirigir mis pasos hacia aquel lugar, hacia un punto donde no sabía qué podía encontrarme, si un amigo o algo que consiguiera que aquella comida que acababa de disfrutar, fuera la última de mi existencia. Pero el corazón me indicaba justo lo contrario. No podría vivir lo que me quedara de existencia, ya fuera poca o mucha, sin saber si habría alguien más en la misma situación que yo. No podría seguir viviendo sin el contacto humano, sin un abrazo, un apretón de manos, sin algo tan nimio como una conversación.


Añoraba las discusiones sobre fútbol con Robert Hugues, el dueño de la tienda de muebles. Que peculiar era aquel hombre. Cincuentón, entrado en años y en carnes, sin esposa ni pareja conocida, sin otro futuro en la vida que mantener abierta su vieja tienda de muebles, pero con un corazón tan grande como su papada. Cuando llegaba el lunes a trabajar, si su equipo había ganado el día anterior, entraba con una sonrisa que hacía más cómica su oronda cara. En ocasiones, a modo de saludo, me daba una palmada en la espalda de tal magnitud, que con mucho esfuerzo conseguía mantener la verticalidad. Que gran tipo mi jefe.


No me iba a amilanar, y menos desde que encontré el cuchillo en la cafetería. Con pasos lentos, desganados, continué calle abajo en dirección a la sombra que estaba seguro se había movido entre dos callejuelas. Notaba el corazón intentando desgarrarme el pecho para escapar corriendo de su cavidad. El brazo había empezado a dolerme de nuevo, sin duda por el incremento de las pulsaciones. Pero en aquel momento todo daba igual, estaba decidido a enfrentarme con la sombra. Aferrando el cuchillo con fuerza veía como cada vez quedaba menos trecho de calle hasta llegar a mi destino. Los restos del estofado que acababa de disfrutar me resbalaban por los dedos, debería haber cogido algún tipo de trapo o servilletas en la cafetería, intentaría recordarlo la próxima vez. A punto de enfrentarte vete a saber a qué, y te preocupas por unas servilletas. Eres increíble Sam.
Asustado, temeroso y con sumo cuidado, giré la linterna en dirección a la callejuela por la que entró la sombra, y lo vi. Estaba agazapado, esperando no sé muy bien el qué. La cara arrugada por el paso de los años, los ojos rojos y los puños apretados abrazando sus propias piernas. Tenía frente a mí a un hombre de unos cincuenta años. Parecía menudo en estatura, pero fuerte de complexión, con el pelo blanco y la tez curtida.
—No se preocupe, no tengo intención de hacerle ningún daño—dije aun con cierto recelo—. Por fin encuentro a alguien, creía que estaba solo en este extraño mundo.
Intenté hacerle llegar el mensaje con cuidado, sin alzar la voz para no asustarlo más de lo que ya estaba, pero con la cautela suficiente, por si su reacción era menos amistosa que mis palabras.
El hombre se levantó con una mueca de dolor. Sin duda las rodillas le recordaron que no es bueno mantenerse en la postura en la que había estado durante tanto tiempo. Su mirada se clavó en mí. Aquellos profundos ojos marrones intentaron adivinar si era cierto lo que le acababa de decir, “no tengo intención de hacerle ningún daño”. A veces las palabras son más amables que los hechos, debió pensar, y como si tuviera la seguridad de que no representaba ningún peligro, su estado de alerta constante se derrumbó por fin.
—Gracias al cielo, pensé que sería el causante de los gritos que he escuchado y que me han mantenido asustado durante tanto tiempo—aquello lo dijo casi a voz en grito, con lágrimas aflorando sin poder contenerlas.
Por fin una voz humana, alguien a quien escuchar, pensé; aunque el ambiente y su maldita manía de envolver los sonidos hicieran que estos fueran difíciles de oír.
—Yo también los he escuchado, sé a qué se refiere—dije adelantando la mano para ayudarlo a levantarse—Mi nombre es Samuel Norton y no sé muy bien qué ha ocurrido, ni por qué estoy aquí. ¿Sería usted tan amable de contarme algo que le diera luz a esta interminable noche?
—Me llamo Bob, y mucho me temo que sé tan poco como usted—parecía que también tenía ganas de poder hablar con alguien—He despertado atado con un cinturón a una farola de la calle y no tengo ni idea de cómo, ni quien, me dejó allí.
Respiró unos segundos. Se tomó su tiempo para ordenar las ideas y, supuse, los recuerdos que le nublaban la mente, si tiene la cabeza igual de descolocada que yo, tardará un rato.
—Cuando abrí los ojos—continuó—todo era oscuridad, silencio, pensé que me habían enterrado vivo. Estuve a punto de morir de un infarto por el pánico que me provocaba aquella situación —calló, volvió a respirar y le dio un buen trago a la botella de agua que le acababa de alcanzar—conseguí tranquilizarme lo suficiente como para darme cuenta de que no estaba enterrado vivo. Me puse en pie, solté el cinturón que me aprisionaba y caminé sin rumbo hasta llegar aquí. No sé cuánto tiempo he estado haciéndolo, ni a dónde me dirigía mientras lo hacía, ni tan solo dónde me llevaría mi caminar, solo sé que todo esto es muy extraño y que el miedo me tiene temblando desde hace horas.
Me quedé mirándolo embelesado, por fin una voz que no fuera la mía taladrándome el cerebro, por fin una gota de vida en el mar seco en el que estaba perdido. Si él me había contado su aventura, era de ley que yo le contara la mía.
—Mi situación no es muy diferente a la suya, créame. Yo también he despertado atado, asustado y sin saber dónde me encontraba. Y le puedo asegurar que los alaridos que ha escuchado usted, a mí también me han helado la sangre—le dije.
Más calmados al darnos cuenta de que no estábamos solos en aquel infierno sin luz, y con la tranquilidad de que ninguno de los dos éramos un peligro para el otro, dejé hueco en mi atribulada mente para pensar en cosas más fructíferas. Mi nuevo amigo necesitaba comer y beber, y yo tenía el lugar adecuado donde ofrecérselo, la cafetería del barrio. En cuanto lleguemos enchufaré de nuevo la antigua rockola y seguro que sonará el Satisfaction, de los Rolling, o quizás alguna de los Beatles. Daba igual, regalaría mi viejo Ford solo por poder escuchar una canción otra vez.


Mientas Bob disfrutaba con deleite del último bocado de estofado, yo acababa de llenar la bolsa con algo que nos pudiera ser de utilidad en adelante. Una poca más de aquella exquisita carne enlatada, cerveza, unos cubiertos para evitar poner nuestras mugrientas manos en la ternera, y un abrelatas para no tener que usar el cuchillo cada vez que quisiéramos paladear aquel fantástico guiso. Era la manera de asegurar un buen filo cortante para un momento de necesidad. Con todo aquello dentro, la bolsa empezó a pesar de manera notoria, como el hombro se afanó en anunciar con un ligero dolor.


Con Bob repuesto, y un saludable color rosado aflorando en sus mejillas, gracias a la comida y la cerveza, salimos de nuevo a la calle sin rumbo fijo, pero con la necesidad de encontrar un sentido a nuestras vidas. Si he encontrado a Bob, puede haber alguien más a quien encontrar, medité mientras paseaba la mirada todo lo lejos que la luz de la linterna me permitía. El hecho de tropezarme con aquel personaje me proporcionó unas fuerzas renovadas en el intento de salir de aquella pesadilla. Al caer en la cuenta del uso constante que hacía de la linterna, no me gustó la idea de quedarme sin aquel foco de vida que llevaba en la mano derecha. La situación se volvería muy comprometida si llegaban a agotarse las pilas que teníamos en aquel momento.
—Bob, deberíamos buscar una ferretería o algún tipo de tienda en la que podamos encontrar pilas para la linterna, estas no durarán siempre—dije sin esperar respuesta mientras empezaba a caminar calle abajo.

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Entre la oscuridad y el miedo - (c) - Carlos Martinez Prieto